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16 Julio 08
LOS JINETES DE LA GLOBALIZACIÓN NEOLIBERAL
JOSÉ RAMÓN VILLANUEVA HERRERO
I) La desregulación de los mercados financieros
En estos últimos meses se ha ido extendiendo una sensación (real) de pesimismo sobre la situación económica, cuyas consecuencias parecen ser más agudas de las inicialmente previstas. Al principio de habló de “desaceleración” como consecuencia de varios factores (crisis inmobiliaria, subida alimentos y recursos energéticos, elevación tipos de interés), ahora se alude a la “estanflación” (inflación y estancamiento de la economía), de una crisis de duración y consecuencias todavía no calibradas.
Asistimos, pues, a un panorama en el cual parecen galopar desaforados los nuevos jinetes de una amenazadora globalización neoliberal, impulsados en su frenética carrera por intereses exclusivamente economicistas y, por ello, carentes de los valores de justicia y solidaridad que conforman (y deben seguir haciéndolo) nuestro actual Estado de Bienestar. Estos jinetes se llaman “desregulación de los mercados financieros”, “flexiseguridad” o las Directivas sobre tiempo de trabajo o política inmigratoria, la llamada “Directiva de la Vergüenza”, aprobadas recientemente por la mayoría conservadora imperante en la Unión Europea (UE). A todo ello nos referiremos seguidamente.
Es un hecho que el ciudadano percibe sensibles déficits democráticos en el funcionamiento de la UE ya que se habla mucho de la Europa de los capitales, poco de la Europa de los ciudadanos y casi nada de la Europa Social. El origen de esta situación es la pugna, no sólo económica sino también ideológica, entre dos modelos sociales contrapuestos: el capitalismo neoliberal angloamericano y el modelo europeo de Estado Social. Así, mientras el primero, defendido por la derecha política y económica, se basa en la existencia de mercados desregulados y con baja fiscalidad, paradigma de una liberalización cada vez más agresiva y global, el segundo, es el modelo clásico del Estado de Bienestar socialdemócrata, impulsor de una Europa Social cohesionada, de fuerte progresividad fiscal y con amplias prestaciones sociales.
Ante esta confrontación, convertida en una auténtica guerra dogmática sobre el modelo económico y social para la Europa del s. XXI, Oskar Lafontaine, exdirigente del SPD y actual líder del nuevo partido alemán Die Linke (La Izquierda), señala en su libro El corazón late a la izquierda (Barcelona, Paidós, 2000), que la socialdemocracia debe dar una respuesta a la globalización neoliberal y, para ello, debe mantener “una voluntad activa de estructuración del Estado Social y de la política económica y no una adaptación pasiva ni la sumisión a los supuestos imperativos y estructuras de la economía liberal de mercado”. Además, el socialismo debe mantener sus principios internacionalistas ya que, como señala Lafontaine, “la era socialdemócrata tocará efectivamente a su fin si no adquiere un nuevo fundamento en la lucha por la realización a escala mundial de la idea de Estado social”.
Dado que asistimos a un momento en que la política exterior viene determinada más por los inversores y especuladores internacionales que por los gobiernos elegidos democráticamente, la socialdemocracia debe esforzarse por lograr una regulación más intensa de los mercados financieros y, para ello, la clave es controlar la circulación de capital a corto plazo y evitar caer en el dogmatismo de la ideología monetarista preocupada solamente por la estabilidad de precios. En este sentido, hay que recordar que Lafontaine es un activo miembro de la Asociación por la Tasación sobre Transacciones Financieras para la Ayuda al Ciudadano (ATTAC), destacado grupo antiglobalización que, tomando como ejemplo las teorías de James Tobin, Premio Nobel de Economía en 1981, promueve iniciativas para el control democrático del sistema financiero mundial. En esta línea, es tarea de la socialdemocracia el impulsar una nueva política económica desde el Banco Central Europeo (BCE) que, superando el monetarismo, contribuya decididamente a los objetivos de la UE, tal y como se recogen en el artículo 2 del Tratado de Maastricht y que son: “potenciar un alto nivel de ocupación y un elevado índice de protección social, la igualdad entre hombres y mujeres, un crecimiento constante y no inflacionario, un elevado grado de competitividad y convergencia de las economías, un elevado grado de protección del medio ambiente y la mejora de su calidad, el aumento del nivel y de la calidad de vida, la cohesión económica y social y la solidaridad entre los Estados miembros”. Para lograr todos estos objetivos de profundo contenido social, que superan con mucho al dogmatismo monetarista, el BCE no sólo debe implicarse en ello sino que, resulta imprescindible que éste tenga un mayor control democrático por parte de la UE y que tenga la obligación de rendir cuentas de su actuación ante el Parlamento Europeo.
Preocupante resulta la infiltración de ideas neoliberales en el pensamiento socialista, como es el caso de la Tercera Vía de Blair o los “modernizadores” del SPD, con el riesgo de diluir las ideas y valores de la transformación social marxista en aras a un descafeinado social-liberalismo. Por ello, no me resisto a citar a Friedhelm Hengsbach, el cual nos advierte de esta deriva ideológica pues, “los socialdemócratas europeos se están dejando arrastrar por el delirio de lo nuevo, lo moderno, la adaptación y la flexibilidad. ¿Nuevo? ¿Frente a quién? ¿Moderno? ¿En qué sentido? ¿Adaptado? ¿A qué? ¿Flexible? ¿Por qué?. Estas preguntas reciben invariablemente como respuesta una letanía de referencias al cambio de las condiciones objetivas, a los cambios económicos y sociales, a la evolución económica cada vez más rápida, a las nuevas tecnologías, a la globalización acelerada. Todo esto se registra como fenómenos naturales o golpes del destino. No se les ocurre a los autores que podrían ser consecuencia de una política mal orientada y objeto de una modificación del rumbo político”. Ciertamente, de no tener en cuenta las advertencias de Hengsbach, el primer caballo de Troya de la globalización neoliberal habrá entrado en nuestro pensamiento, condicionando nuestra vida, nuestras ideas y nuestro modelo de sociedad….y no es el único caballo de Troya que nos amenaza.
II) La regresión en los derechos y condiciones laborales
La ola de pragmatismo impregnado de neoliberalismo económico defendida por la mayoría derechista de la UE ha calado, también, en diversos sectores de la izquierda. Así lo demuestra el caso del nuevo concepto de la “flexiseguridad” que, en síntesis, significa reducir en el mercado laboral los costes patronales para el despido de los trabajadores a cambio de un mayor sistema (público) de protección al desempleo.
Esta idea, cuando menos inquietante ya que desregula las relaciones laborales, ha generado una cierta polémica en España dado que se alude a la flexiseguridad en la Ponencia Marco a debatir en el próximo 37 Congreso Federal del PSOE. Ante esta cuestión, la Corriente de Opinión Izquierda Socialista del PSOE, no puede permanecer impasible dadas las importantes consecuencias negativas que de ello se pueden derivar para los trabajadores. Recogiendo las reflexiones de Alfonso López, las cuales comparto plenamente, hay que decir que la flexiseguridad que se nos quiere vender como un modelo exitoso en los países nórdicos, debe ser cuestionada desde varios puntos de vista. En primer lugar, parte de una diferencia esencial ya que bajo ningún concepto se puede equiparar el Estado de Bienestar existente en los países nórdicos, consolidado tras décadas de gobiernos socialdemócratas, con el incipiente modelo español, lo cual es un grave error de partida, inconsciente o intencionado por parte de quienes avalan en España la flexiseguridad.
Es significativo que nada se dice sobre la financiación pública de este modelo que, si bien en los países nórdicos se fundamenta en una fuerte fiscalidad progresiva que lo dota de amplios recursos, no ocurriría lo mismo en España en donde se ha optado por una gradual rebaja de los tipos impositivos, cuyo más claro ejemplo ha sido la reciente supresión del impuesto de patrimonio, algo incomprensible desde posiciones de izquierdas.
Resulta curioso el que, la aireada flexiseguridad a la que tantas “bondades” se le suponen, excluye en su aplicación a los “contratos blindados”, los cuales quedarán al margen de la desregulación y de la movilidad laboral, entiéndase, de los despidos cada vez más baratos para los empresarios. Tampoco se tienen en cuenta los problemas que comportan para los trabajadores la pérdida de la estabilidad en el empleo como son la inseguridad, incertidumbre hacia el futuro, sensación de fracaso, etc. En síntesis, esta medida parece indicar que sólo beneficia a los empresarios que verían reducidos sus costes laborales y, en cambio, el Estado estaría obligado a asumir mayores cargas sociales sin tener la garantía de su plena solvencia económica a medio plazo.
Otro jinete que amenaza nuestro horizonte laboral es la llamada Directiva del Tiempo de Trabajo aprobada el pasado 10 de junio por los ministros de Economía de la UE. Sólo hubo 5 países que se abstuvieron (España, Bélgica, Chipre, Grecia y Hungría) y dos más que presentaron reservas (Portugal y Malta) lo cual nos indica que, al margen de la tramitación posterior en el Parlamento Europeo, los países más influyentes de la UE, a excepción de España, respaldan esta regresiva norma comunitaria.
La iniciativa de tal polémica Directiva, tras cuatro años de negociaciones, ha sido aprobada, al sexto intento, por todos los gobiernos de la derecha europea junto con el apoyo del laborismo británico. Esta Directiva va a suponer la ampliación legal de la jornada laboral semanal: como norma general, en la UE será de 48 horas, como máximo. Pero, y he aquí el quiz de la cuestión, se autoriza a que, mediante acuerdos individuales entre el empresario y el trabajador, ésta pueda ser de hasta 60 horas, e incluso de 65 en el caso de las guardias médicas.
Aunque se contempla que estos acuerdos individuales requieren un consentimiento por escrito del trabajador (renovable y con una validez de un año), también se podrán superar las jornadas de 60-65 horas si hay acuerdo entre los interlocutores sociales o así lo establezca un convenio colectivo. Igualmente grave es el hecho de que los contratos menores a 10 semanas no tendrán ninguna limitación de horas de trabajo o que los trabajadores cedidos por las ETTs no tendrán igualdad de trato ni derechos laborales hasta la 12ª semana de contrato.
Esta grave regresión en la normativa laboral trunca un proceso de avances sociales y quiere convertir a la UE en un mero espacio económico en el cual se ignoran los derechos y valores que dan razón de ser a al Europa Social en la que creemos. De hecho, no es exagerado afirmar que la Directiva de Tiempo de Trabajo supone retroceder en este tema al s. XIX puesto que deja la jornada laboral al margen de la negociación colectiva, reduciéndola a un acuerdo individual empresario-trabajador en el cual el primero, al ser la parte más fuerte, siempre podrá imponer sus condiciones e intereses sin ninguna limitación legal. Además, esta Directiva hace difícil, por no decir imposible, la conciliación de la vida laboral y familiar y, además, supone una seria desprotección en materia de salud laboral.
Ante estos jinetes que cabalgan hacia nosotros y amenazan los valores de la Europa Social que tanto ha costado construir, hay que reaccionar con firmeza. La izquierda política y sindical tiene que fijar posiciones claras, coherentes y, por ello, irrenunciables. Estas posiciones debemos defenderlas con tenaz convicción ante la creciente ofensiva de la globalización neoliberal, la cual supone un ataque frontal contra nuestros valores cívicos y contra los logros históricos y avances sociales conseguidos por el movimiento obrero en defensa de la clase trabajadora.
JOSÉ RAMÓN VILLANUEVA HERRERO
Militante de la Corriente de Opinión Izquierda Socialista del PSOE
(Diario de Teruel, 16-17 julio 2008)

